Mi pensamiento va a lo que no tiene
Ni nombre ni sentido...
La de mayor pureza sigue siendo la forma
Que transminó la bruma al disolverse,
La nieve pisoteada es la única rosa.
Ives Bonnefoy
LA BANALIDAD DEL MAL
La ilusión de la unidad hombre- mundo sostenida en el arte a través del paradigma clásico o del naturalismo contemplativo del siglo XIX ha quedado destruida hace tiempo. El Romanticismo por su parte propuso una recuperación de la relación con la Naturaleza en función de una subjetividad individualista; la fascinación por el paisaje devino en algo más que un espectáculo maravilloso con tintes pasionales, a través del la mediación con ella se ofrecía la ilusión de un encuentro con lo más íntimo y verdadero del sujeto. La búsqueda del paisaje virginal, originario, indomable y exótico en todo su esplendor llegó a potenciar vivencias de extraordinaria intensidad emocional. Lejos estamos de aquellos tiempos.
El hombre contemporáneo interviene sobre el mundo natural -para bien y para mal- con un altísimo nivel de sofisticación que no deja de sorprendernos, desconcertarnos, esperanzarnos (a veces) y de encender alarmas. Los cuestionamientos éticos y las furiosas polémicas desatadas se mantienen aún en circuitos que pocas veces logran una praxis transformadora de la realidad. Los avances en ingeniería genética, y su potencial futuro cercano, hubieran sido impensables hace pocos años, y sus correlatos en la promesa de prolongación de la vida, y la cura de enfermedades no compensan el fantasma de la catástrofe que ya se ha instalado en el imaginario colectivo. Sin embargo, la pasividad es la respuesta más generalizada. Varios movimientos ecologistas internacionales han logrado quebrar, parcialmente, el velo que cubre la dolorosa realidad para penetrar en la conciencia colectiva, aunque sea unos instantes, a menudo no mucho más de lo que dura la imagen de una acción de alerta aparecida en los medios de comunicación. Las estadísticas que ponen cifra a los daños ya causados al planeta son escandalosas, sin embargo la expectativa futura lejos de corregir su camino de autodestrucción, multiplica los riesgos geométricamente. El mal mayor sigue siendo la indiferencia, aquello que Hannah Arendt describe como la banalidad del mal. La indiferencia nos deja ajenos de nosotros mismos, disociados, infantilizados, con una fuerte sensación de impotencia y culpa frente a lo que pareciera irremediable. No sólo desde los films de ciencia-ficción, los relatos futuristas y las historietas para niños el planeta agredido clama venganza. En la literatura infantil aparecen nuevos personajes salvadores con una impronta de características míticas, mesiánicas cuya única misión es salvar al planeta. Mientras tanto se oyen voces de especialistas que predicen nuevos y más graves desastres ecológicos en un futuro cercano, las cifras de las catástrofes y la dimensión de los daños ya verificados son aterradoras y sin embargo ... pareciera que para producir un cambio sustantivo hiciera falta algo más, para crear la voluntad política indispensable.
Felix Guattari afirma que una revolución ecológica-ecosófica- sólo puede hacerse a escala planetaria, como parte de una imprescindible revolución cultural, política y social. Para lograr la restitución del equilibrio y la defensa de la Naturaleza físicamente amenazada hace falta una modificación de los sistemas de pensamiento e intercambio que lo sustenta. Se trata de rechazar los sistemas que tienden a la uniformidad y al control absoluto para respetar la biodiversidad, la pluralidad en todas sus facetas tanto biológicas como culturales, económicas, formales, estéticas. No debemos reducir la complejidad del ecologismo a una mayor sensibilidad en la defensa del medio ambiente sin incluirnos como parte fundamental en él, hace falta replantearnos nuestra propia naturaleza. Para lograr una armonización de la ecología social, ambiental, y subjetiva (la del individuo). Guattari nos recuerda que no sólo existe en la actualidad, una creciente degradación de la segunda, sino de todas ellas, en el medida en que son interdependientes.
La video-instalación Getting over mantiene una misma línea de pensamiento con obras anteriores de Andrea Juan en las que la artista ha desarrollado su poética dentro de un paradigma que recorre la semántica del accidente, la emergencia y la catástrofe en diferentes contextos. Esta nueva producción extiende los límites de su estrategia comunicativa generando una implicancia mas profunda del espectador incluido esta vez en el medio de la escena. La artista se propone confrontar al visitante con su propia destrucción propiciada por la acción violenta de gigantescas masas de hielo que se fracturan y volúmenes de aguas furiosas y sin control desplegadas en una magnificencia sin orillas. El espectador se encuentra a sí mismo, su silueta corporal recortada y proyectada en las pantallas con el video entre los milenarios glaciares como imagen de fondo generando constantemente nuevas imágenes con los visitantes. Una compleja articulación de cuatro proyecciones simultáneas de videos diferentes nos envuelve, incluyendo el piso sobre el que estamos parados vehiculizando una experiencia fascinante, vertiginosa y también aterradora. De pronto hemos quedado integrados a un universo sublime que está se está desgarrando, cuya fractura proviene del interior de sí mismo y su desintegración metaforiza al sujeto creador de un universo inhóspito que promueve una disolución de sí mismo y de su medio ambiente.
La obra pone en cuestión al sujeto contemporáneo confrontado consigo mismo y con su entorno, generando emociones de gran intensidad que no pueden soslayar una lectura crítica de la experiencia. Las pistas que Getting over formula requieren la reelaboración de un espectador activo. En este proyecto se conjugan los tópicos recepción y performance en la actividad lúdica y cuestionadora del espectador- participante de una experiencia estética compleja.
La puesta en abismo del sujeto produce también la puesta en abismo del estatuto de lo real. La realidad del espectador que ingresa a una sala de exhibiciones se funde mediante la edición técnica con su realidad virtual, como protagonista de una proyección en la que se observa a sí mismo observando la escena que lo incluye.La obra conmueve y convoca las emociones más arcaicas, los miedos más antiguos en consonancia con la antigüedad del espacio físico en que transcurre la escena. Un impensable miedo a la muerte total, sin esperanzas, un temor al desborde sin fin, ilimitado, absoluto frente a la furia desbordada de los elementos de la Naturaleza que se adueña del poder para autodestruirse junto con todo lo viviente.
"El hombre proyecta su deseo en el infinito, sólo siente placer cuando puede imaginar que aquél no tiene fin. Pero como la mente humana no logra concebir el infinito, más aún, retrocede atemorizada ante su sola idea, no le queda sino contentarse con lo indefinido, con sensaciones que al confundirse una con otra crean la impresión de lo ilimitado, ilusoria pero sin embargo placentera." Italo Calvino